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Un fragmento de Légaut sobre los grupos

Légaut tiene un elogio y una descripción muy interesantes de las “pequeñas comunidades espirituales”. El incesante nacimiento y desaparición de las mismas conforma la vida del cristianismo, igual que el nacimiento y la muerte incesantes de las pequeñas comunidades de base propiamente humana es lo que conforma la vida de la humanidad.

Légaut ve la vida del cristianismo y de la humanidad como la del bosque. De lejos, el bosque parece estático y solemne, pero, de cerca, hierve de vida minúscula. Es una forma de ver las cosas que debió de nacer en Légaut durante sus largas horas con el rebaño. La imagen del bosque se une, en él, a la del sembrador, cuyo destino es ir siempre de paso y no fundar. No fundar: una gran diferencia entre los tiempos de cristiandad y los actuales, y entre una concepción jerárquica e institucional y otra más laica de lo propiamente espiritual.

La vida de estas comunidades, casi sin nombre para ellas mismas, transcurre al margen de cualquier instancia organizativa, según Légaut. El ser de estas comunidades depende sólo de la filiación y paternidad espirituales. Su condición ínfima, efímera e insegura, es semejante a la “maravillosa inseguridad” de la fe, “a la que ninguna creencia puede hacer cierta como un conocimiento”. De ellas, y no de la organización, depende el flujo de la vida.

[ Ver: “Haced esto en mi memoria”: Cuaderno de la diáspora 20,
págs. 57-60; Creer en la Iglesia del porvenir, págs. 148-150 ]