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Confesión de
un intelectual

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[ Légaut por el mismo ]

El cambio más visible en la vida de Légaut (dejar de ser profesor universitario y pasar a vivir como campesino de alta montaña) tuvo la intensidad de una especie de “deportación”. Escribía Légaut en 1946, a un año de haber acabado la IIª Guerra Mundial, cuando él llevaba ya seis años en Les Granges:

Se acerca la hora en que se comprenderán mejor los signos de este tiempo. Presiento el inmenso esfuerzo intelectual y religioso que hay que hacer para salir de los modos de pensar, de los ideales, de las evidencias incontroladas e implícitas que alimentan nuestra vida intelectual, nuestras construcciones y nuestros juicios. No hay que estar instalados. Es necesaria una deportación religiosa e intelectual, un exilio que antaño se buscaba en el desierto, un cambio de situación que antes uno buscaba marchándose. Estamos terriblemente instalados en la vida. La situación privilegiada del funcionario, seguro de su sustento cotidiano, la familia, la vejez, el papel social, nuestra clase, nuestra nación, nuestra época: todos estos asientos, que podrían ser sólo asentamientos, todas estas fuentes de estabilidad, que podrían no serlo de estancamiento, pero que lo son de hecho, si no de derecho. Nada grande, nuevo, creador pueden hacer los que no son capaces de vivir aquí abajo como deportados.

“Confesión de un intelectual” es el primer balance de Légaut de este exilio, de este cambio que, como él confesaba, hubiera sido incapaz de decidir si las circunstancias de la guerra no lo hubieran facilitado. Esta “Confesión” fue primero una conferencia y luego tres artículos en Le Monde, en 1951. Légaut, que distinguió tan vigorosamente entre “libros de doctrina” y “de itinerario”, comenzó su andadura de escritor de itinerario con este texto.

[ Cuadernos de la diáspora 4, 1995, págs. 19-34;
Trabajo de la fe
, 1996, págs. 23-36 ]