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[ Marcel Legaut ]

Légaut gustaba precisar que él no era ni filósofo ni teólogo ni psicólogo ni pedagogo, ni de formación ni de oficio. En este sentido, sus libros son textos cuya autoridad no procede de un mandato institucional ni de una solvencia socialmente garantizada (mandato o solvencia que suelen justificar separarse del resto y apoyarse en algún claustro o plataforma, académica o de otro tipo). El único título y licencia de Légaut es su tenacidad y su libertad, fruto del «don total» de vivir y de pensar a fondo, a cuerpo gentil, sin cálculos ni autodefensas, inmerso en «las mismas vivas aguas de la vida», tal como dijera Teresa de Ávila. Sus libros no exponen, pues, una nueva doctrina, cuyo mérito sería su adecuación a su tiempo, sino que ofrecen un discurso en el es el sujeto el que, si sigue ese discurso, puede cambiar poco a poco, y modificar así, paulatinamente, su mirada. No diciendo nada nuevo, todo lo renuevan, tal como reconocen sus lectores, que descubren que Légaut expresa lo que ellos, en cierto modo, ya pensaban.

En los dos tomos de El cumplimiento humano, Légaut repiensa su itinerario y el de sus compañeros durante el siglo XX, siglo de grandes convulsiones y mutaciones, incluida la crisis del cristianismo, en el que, como en toda tradición de calado universal, lo mejor y lo peor de los hombres va de la mano. La reflexión de Légaut apunta a que el hombre debe «retomar todo desde la base», y encarar, sin miedo, es decir, con fe, una mutación espiritual. Para retomar así todo desde la base, su reflexión parte de sí mismo y se fija, en el Tomo I, en la fe en sí mismo, en la fe conyugal y paterna, y en la fe en el otro y ante lo real, tanto en situaciones límite (como la propia muerte y la de los más próximos) como en situaciones más normales pero igualmente exigentes (donde se plantea el ser imposible, el amor imposible, o la paternidad o la filiación imposibles), donde, en definitva, siempre todo depende de la actividad de creación. Todo un itinerario de autoconocimiento en la línea de un «socratismo cristiano» o de un «cristianismo socrático». Todo un camino para trascender cualquier adhesión ideológica y descubrir, de forma explícita o no, la fe en Dios (la otra cara de la fe en sí mismo y en el otro), el seguimiento de Jesús, y un estilo de estar y de obrar en el Mundo de forma sutil, a manera de fermento, que incluye un modo adulto de estar en el cristianismo, caso de estar en esta tradición, sobre lo que trata en el Tomo II.

En 1952, Légaut comenzaba uno de sus escritos con estas palabras: «La vida espiritual, como toda vida, aspira a comunicarse: es su instinto profundo. La intensidad de la vida espiritual se mide por la necesidad de comunicación. El más solitario de los hombres, en determinados momentos, se siente impelido a dialogar en su interior con sus conocidos de antaño, con los que un día lo escucharon y le acogieron. Hablar y decirse a sí mismo y a su Dios, y hablar y decirse a otro, son los dos tiempos de la respiración espiritual del hombre». En la última etapa de su vida, Légaut nos ofrece la suma de su meditación, de su testimonio y de su plegaria, fruto de su comunicación interior, consigo mismo, con los otros y con Dios. Muchos le estamos muy agradecidos por haberlo hecho.

Domingo Melero
(junio 2009)


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