Boletín
Noviembre 2019


SI NO PUEDE VER CORRECTAMENTE ESTE COMUNICADO, POR FAVOR HAGA CLIC AQUI

Queridos amigos y simpatizantes de la Asociación Marcel Légaut:

Continuamos con la tarea de ir subiendo periódicamente a la web los escritos publicados en los Cuadernos de la diáspora (CD) de años anteriores. Esperamos que la recepción de este Boletín sea una ocasión favorable para alguna relectura y para algún descubrimiento por vuestra parte.
Cualquier comentario, reacción o sugerencia que nos enviéis será de sumo interés para nosotros.

Domingo Melero
por el Consejo de Redacción de la Web



Ya está disponible en la Web de la Asociación Marcel Légaut una segunda entrega de material que completa los contenidos del que fue el Cuaderno 13, publicado en 2001. Ofrecemos, como una unidad, tres textos de Arnold J. Toynbee (1889-1975) y un Estudio Introductorio de Domingo Melero sobre ellos.

Como siempre, los autores convocados a los Cuadernos tienen interés en sí mismos pero, además, proponemos su lectura por sugerir perspectivas enriquecedoras de la meditación sobre los grandes temas de la “galaxia Légaut”. Como señala el Estudio Introductorio, uno de estos temas es la base humana de la vida espiritual. El «agnóstico postcristiano» que fue Toynbee supo apreciar que «la religión se apoya en una realidad sumamente importante» y, como comprobará el lector de los tres textos propuestos, para Toynbee esta realidad tiene mucho que ver con lo más fundamental y valioso de la naturaleza humana. Para el historiador inglés, esto es así en el caso de las «siete religiones superiores» (a saber: las tres modalidades de budismo, el «zoroastrismo de la diáspora parsi» y las tres religiones abrahámicas, que solemos llamar “del libro”).

También señala Domingo Melero en su estudio que las aportaciones de Toynbee son pertinentes para seguir planteándonos la cuestión — para la que quizá no deberíamos apresurarnos en hallar respuesta — de por qué seguir siendo uno mismo cristiano. Esto, en parte, supone meditar sobre la relación personal que uno tiene con su propia tradición. A este respecto, es valiosa la reflexión de Toynbee sobre lo esencial y lo no esencial en «la herencia religiosa de la humanidad». También será provechosa su reflexión (apoyada en una gran erudición) sobre la relación entre las diversas tradiciones religiosas.

La distinción de Toynbee entre lo «esencial» valioso y lo «no esencial» prescindible nos parece menos fina y fecunda que la que hace Légaut entre lo «esencial» necesario y lo esencial «indispensable». Sin embargo, tiene interés constatar el modo en que Toynbee apreció la necesidad histórica de que las religiones, al fraguar institucionalmente, se revistan de unos elementos que hay que aprender a percibir como sólo indispensables. La consciencia de estos elementos segundos ayudará a que, en caso de que uno siga siendo cristiano, no sea meramente debido a las inercias derivadas del «accidente del nacimiento». Lo deseable es ejercer una libertad que, según Toynbee, abre a la posibilidad de cambiar de confesión cristiana (del protestantismo al catolicismo, o a la inversa), o bien de rechazar ambas formas y convertirse en agnóstico, o bien de abrazar cualquier otra confesión. Pero, como señala muy oportunamente el Estudio introductorio, hay una posibilidad que Toynbee no considera: cambiar la manera de estar en la propia religión o tradición, de forma que uno esté en ella con plena libertad, es decir, en cierto modo, como si no lo estuviera.

Los textos seleccionados son tres. El primero es un capítulo de El historiador y la religión, volumen que reunió en su momento dos series de Conferencias Gifford de 1952 y 1953. El segundo texto está tomado de El cristianismo ante las religiones del mundo, donde se recogieron cuatro conferencias de Toynbee en centros teológicos episcopalianos, leídas en 1955. El tercero lo componen algunos fragmentos de Experiencias, libro autobiográfico en el que el historiador inglés habla, entre muchas otras cosas, de su actitud religiosa en el momento de escribir el libro (1968). Se podrá apreciar en estas páginas cómo el agnóstico Toynbee, sin dejar de ser agnóstico, experimentó «una reconversión gradual pero duradera» como respuesta a «los sucesivos desafíos de la experiencia». Esta reconversión lo llevó a creer que «ser humano implica tener religión» y que «los seres humanos que se ufanan de no tener religión alguna se engañan a sí mismos por no buscarla en sus propios corazones».