Oscar Wilde: De profundis (fragmentos)

La extensa carta de Oscar Wilde que conocemos como De profundis es un impresionante relato indirecto de un verdadero encuentro consigo mismo y, por eso mismo, es un testimonio de vida espiritual. El autor dice con palabras verdaderas cómo accedió al conocimiento de quién era él más allá de los éxitos y de los fracasos, más allá del prestigio y de la deshonra y, sobre todo, más allá de los juicios morales (propios o ajenos) sobre él y sobre sus actos. Por eso esta extensa carta manifiesta afinidades con las páginas de Légaut sobre la fe en sí mismo y sobre capacidad de concienciar la propia carencia de ser y de contemplar “el fracaso en el plano de la existencia” sin desesperar, sino descubriendo, "más allá del bien y del mal", la propia misión.

Por todo esto el De profundis de Wilde es un testimonio espiritual en un sentido universal pero también, ya desde el título, es un testimonio cristiano. Quizá sorprenda a muchos la notable familiaridad de Oscar Wilde con los evangelios y con la figura de Cristo (pues así nombra a Jesús). La lectura que hace de los evangelios es fresca y auténtica en el mejor sentido de la palabra: hace que sintamos lo nuevo y singular de los evangelios mucho mejor que la inmensa mayoría de los teólogos o de los predicadores. Para Oscar Wilde, Cristo fue el supremo individualista pues buscó siempre el alma de cada hombre. Al invitar al joven rico a darlo todo a los pobres, no le interesaba tanto aliviar la pobreza de éstos cuanto salvar el alma de aquél, contaminada por su riqueza. Precursor del romanticismo, el lugar de Cristo está, para Wilde, entre los poetas. Cristo no nos enseña nada aunque acercarnos a él nos transforme como nos transforma la obra de arte que nos llega de veras. Cristo no busca reformar moralmente a nadie pese a que su figura provoca una catarsis en el hombre como la que hizo que Wilde se descubriese a sí mismo. Leyendo las páginas sobre Jesús que hemos seleccionado comprobaremos la verdad de esta capacidad de catarsis, en boca de un testigo como Oscar Wilde. Lo que en otro sería un juego verbal, en él, aun manteniendo la gracia del mejor discurso, se muestra ser algo profundamente auténtico.

Juan Antonio Ruescas

[ Cuaderno de la Diáspora 11, Madrid, AML, 2000, págs. 115-138. ]