Marcel Légaut « EL SACRIFICIO DE ABRAHAM »


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En el texto que ofrecemos, Légaut expone su interpretación del "sacrificio de Abraham" (otros hablarán del "sacrificio de Isaac", y en tal caso acentuarán el sujeto sacrificado y no el sujeto sacrificador) frente a la de Kierkegaard. La interpretación de Légaut, como se verá, es sensible a algunas intuiciones de Kierkegaard pero es divergente en otros aspectos.

Ambos autores ven, en este relato, a un hombre cuya acción no se explica a la luz de la norma generalmente admitida en su medio. Pero, allí donde Kierkegaard ve el drama del «particular» puesto ante un Dios «esencialmente exterior» (un Dios que lo pone a prueba y provoca una experiencia imposible de explicar en términos inteligibles para otros), Légaut ve otra cosa.

Frente a un Dios extrínseco que exige a Abraham el sacrificio del hijo primogénito depositario de las promesas (y recuérdese que el sacrificio del hijo era algo existente en aquel medio y en aquel tiempo), Légaut concibe que Abraham escucha la voz de otro Dios distinto, de un Dios interior. Abraham da preferencia a sus exigencias interiores y rechaza el sacrifico. Sus exigencias parten de aquello a lo que el hombre, por fidelidad, debe responder para estar a la altura de lo que descubre «gracias a su vida espiritual y al crecimiento de su fe». El Dios interior de Abraham (la otra cara de su fe en sí mismo) no exige la negación de los «instintos fundamentales» ni la negación de las «potencialidades» depositadas en el hombre ni exige, por tanto, el sacrificio del hijo.

Como el lector podrá comprobar, en Légaut, Dios pasa de ser «una evidencia de partida y el autor de la ley» a ser Aquél al que el hombre singular debe acercase en la medida en que su maduración espiritual le permite: «tomar conciencia de lo que se le pide íntimamente, de lo que se esfuerza por despuntar en él» y «entrar así en la intelección de lo que él es en sí mismo y de su trascendencia de cara al conjunto de lo creado».

Marcel Légaut profundizó en el asunto de las exigencias al meditar en cuál era la forma espiritual de apropiarse de «la ley y la doctrina». Su meditación es relevante para el descubrimiento de la propia misión (misión que trasciende la función y la mera exigencia moral o colectiva del desarrollo de un proyecto o de un modelo de vida). No es extraño que por eso el Kierkegaard de Temor y temblor le impactase: pese a no compartir la visión «luterana y pesimista del hombre» propia del danés, Légaut le reconoció tener «un vigor espiritual excepcional» que él, sin embargo, vivió e interpretó de otro modo: Dios inspira el rechazo de los sacrificios de orden ideológico al tempo que ayuda a asumir, por la fe, los sacrificios que forman parte de la propia misión.

[ Cuaderno de la Diáspora 12, Madrid, AML, 2001, págs. 51-53.]