Marcel Légaut
— una síntesis algo ampliada —

1. De universitario a campesino
Marcel Légaut (París, 1900 - Aviñón, 1990) fue doctor en matemáticas por la Escuela Normal Superior en 1925, y catedrático en diversas Facultades, entre ellas, Rennes y Lyon, hasta 1943. Movilizado en 1939 con el grado de teniente, su destino fue el mando de un batallón antiaéreo de quinientos hombres. A causa de su dificultad para el mando directo, se le destinó después al Estado Mayor del 3er Ejército del Aire. En ambos destinos Légaut constató la desmoralización de la tropa y de los oficiales, así como las carencias de su propio carácter, efecto, en parte, de las carencias de su formación, lo cual puso en marcha un cambio fundamental en su vida.

Dispuesto a afrontar sus propias carencias como adulto (falta de capacidad de riesgo y de decisión, con la consiguiente falta de autoridad moral en el mando), Légaut, al terminar la guerra, decidió no volver a enseñar ni a vivir como antes. Por eso, tras la capitulación de 1940, logró alternar, él y sus alumnos, el estudio de las matemáticas y el trabajo campesino, gracias a que el primer gobierno de Vichy toleró el proyecto… pero sólo por tres años. En 1943, Légaut decidió abandonar la Universidad, colgar los libros, dejar de ser catedrático y continuar, con su mujer, en Les Granges de Lèsches-en-Diois, trabajando como pastor de alta montaña.

Légaut se había casado en 1940 y la pareja había comprado un viejo caserío abandonado, situado a mil metros de altura, en los pre-Alpes (Alto Diois), lejos de las grandes vías de comunicación, cuyas casas empezó a restaurar con sus alumnos. Durante los años de Ocupación, hasta diecisiete personas vivieron y se refugiaron allí, entre ellos algunos judíos. Al terminar la guerra, el matrimonio Légaut se quedó solo de nuevo y, entre 1945 y 1953, nacieron sus seis hijos, dos chicas y cuatro chicos. Cuando el mayor cumplió diez años, Mme. Marguerite Légaut bajó a vivir cerca de Die, en Val-Croissant, para que fuesen a la escuela, mientras Légaut permanecía en Les Granges con el rebaño, durante el año escolar.

2. De campesino a escritor
En 1960, veinte años después esta "vuelta a la tierra", de este "descenso sin retorno" en la escala social, con su correspondiente arraigo en la vida común, Légaut emprendió una reflexión a fondo para poner en claro sus ideas sobre la condición y la existencia del ser humano, así como para retomar desde la base su cristianismo. Fruto de esta reflexión, fueron, primero, algunas charlas y algunas conferencias ocasionales; luego, un librito, Trabajo de la fe (1962), y, por último, los dos tomos de L'Accomplissement humain (el cumplimiento humano; entendiendo este cumplimiento no en un sentido moral sino de realización), que se publicaron por separado en 1970 y 1971, gracias a la insistencia de Gabriel Marcel ante el editor M. F. Aubier, quien editó primero el segundo tomo y luego el primero, por razones comerciales. Tomo I, El hombre en busca de su humanidad, tomo II, Introducción a la inteligencia del pasado y del porvenir del cristianismo.

Los dos libros tuvieron un éxito inesperado pese a su dificultad y extensión. Después del Concilio Vaticano II y del mayo del 68, el testimonio de un profesor, antiguo "normalien" convertido en campesino, llamó la atención. Entonces, la vida de Légaut cambió de nuevo. Salió del retiro de su granja y viajó por media Francia y por otros países (Suiza, Bélgica, Italia, España, Canadá), allí donde le invitaban sus lectores, que querían comentar con él sus libros.

Légaut pasaba casi medio año fuera de Les Granges o de Val-Croissant, donde siguió viviendo su familia. Aparte de los viajes, reservaba un mes para retirarse en soledad; primero, en alguna cartuja o trapa, y luego en el carmelo femenino de la Paix, en Mazille, cerca de Cluny y de Taizé. Los veranos, los pasaba en La Magnanerie de Mirmande, un viejo caserón que el grupo de los amigos de los veranos en Les Granges adquirió y habilitó para compartir, durante las vacaciones, una búsqueda espiritual e intelectual de corte completamente laico, cuyas raíces, como veremos, provenían de los años veinte.

3. Un cambio decisivo anterior

Los dos cambios en la trayectoria de Légaut que hemos indicado (el cambio de 1940 y el de 1970) dividen su biografía aparente en tres etapas, según cuál fue, en cada una de ellas, su actividad fundamental: primero, universitario; luego, campesino; después, escritor. No obstante, hubo un cambio anterior, en torno a 1920, que fue también decisivo pues marcó un antes y un después en su vida, y terminó cuajando en sus decisiones de 1940. Este quiebro, especie de nuevo nacimiento, tuvo sus circunstancias pero fue, sobre todo, interior, como el paso paulatino de un umbral: el que lleva a la vida de fe, que es muy distinta de la creencia en unas creencias (es decir, de la mera adhesión, afectiva e intelectual, a unas creencias), así como de la vida de simple moralidad, según unas normas.

La infancia de Légaut había transcurrido “feliz y sin historia”, dentro de una familia burguesa y ciudadana; en un clima de estudio marcado por el padre, también profesor de matemáticas; y en un marco religioso y moral de corte clásico dentro del catolicismo, más marcado por la madre. En este contexto, hacia los quince años, Légaut pensó "tener vocación" y quiso ingresar en algún seminario antes de terminar el bachillerato. La madre lo veía bien pero el padre le puso como condición, no sin tensiones dentro de la pareja, terminar antes el bachillerato y realizar unos estudios universitarios. Légaut terminó, pues, sus estudios de bachillerato durante la Iª Guerra Mundial y preparó el ingreso tanto en la Escuela Normal Superior como en la Escuela Politécnica. Aprobados ambos, escogió ingresar, con 19 años, en la ENS, y seguir así las huellas de su padre en la enseñanza. La ENS había perdido casi la mitad de sus alumnos en la Guerra, unos ciento ochenta de trescientos cincuenta.

Aparte de proseguir la vida de estudio en aquella especie de "seminario laico" que era entonces la ENS (donde se formaban los cuadros de la Escuela Pública de Francia), el ingreso en la Escuela supuso un cambio en la vida de Légaut, no tanto por las posibilidades profesionales que se le abrieron cuanto por dos hechos que, paulatinamente, resultaron fundamentales en su vida pues modificaron, muy poco a poco y no sin resistencias por su parte y sin pasar por situaciones aparentemente sin salida, su forma de plasmar su voluntad de entrega total inicial, que en aquellos primeros años en la ENS se volvió a plantear.

El primero de estos hechos fue que allí Légaut entró en contacto con el grupo de los católicos de la ENS, el grupo Tala, donde anudó amistades y relaciones que duraron toda la vida, y donde su integridad intelectual como científico se fue articulando con su inquietud espiritual. El segundo de estos hechos fue que allí Légaut se encontró con Monsieur Portal, el capellán del grupo (capellán sólo “de facto” porque nunca pisó la Escuela ni fue nombrado por nadie). Légaut trabó con Portal una relación muy estrecha entre 1923 y 1926, año del fallecimiento de Portal. Lo que luego escribiría Légaut tanto sobre la amistad como sobre la filiación y paternidad en el orden espiritual, así como sobre la relación de Jesús y sus discípulos, tiene que ver con este periodo del grupo Tala y de relación con M. Portal.

Monsieur Portal fue un sacerdote lazarista muy particular. Retirado de sus cargos por dos veces, en 1896 y en 1908, por orden directa de Roma, durante la así llamada “crisis modernista”, las sanciones no le impidieron proseguir sus actividades fundamentales, que consistían en propiciar una red asombrosamente extensa de amistades y de relaciones en pro de la unión de las iglesias (casi impensable entonces) así como en pro de la apertura intelectual del catolicismo, también motivo de duros debates y sanciones. M. Portal era, además, favorable a la separación de Iglesia y Estado (tema también candente a comienzos del siglo XX en Francia), y apoyaba asimismo diversas iniciativas a favor de una mayor justicia en las barriadas de París. En las Historias de la Iglesia católica durante los siglos XIX y XX, el nombre de Portal suele aparecer asociado al de su gran amigo Lord Halifax. Ambos no dejaron de trabajar, durante más de treinta años, a favor de la relación y posible reunión institucional de la iglesia católico-romana y la iglesia católico-anglicana. Sus iniciativas se vieron truncadas, en la última década del siglo XIX, por la oposición de los católicos ingleses, apoyada en el Vaticano por el Cardenal Merry del Val, que hizo que León XIII se echase atrás y dejase de apoyar las iniciativas de Portal y de Halifax. Posteriormente, Merry del Val fue el responsable de que M. Portal fuese destituido como Rector de uno de los dos Seminarios mayores de París. La razón fue el clima liberal del Seminario y su actitud amistosa con Loisy y, sobre todo, con Edouard Le Roy. Pero volvamos a Légaut.

El encuentro con M. Portal cambió la forma de enfocar su vida tanto Légaut como sus amigos, que reconocieron en aquel sacerdote a un auténtico discípulo. M. Portal los liberó de muchos aprioris doctrinales y morales, les descubrió que lo contrario de la fe no es la increencia sino el miedo, y que la honestidad y la independencia son esenciales en una vida espiritual vigorosa. No era frecuente, en la formación de entonces, donde primaba la obediencia y la adhesión a la doctrina, que un sacerdote animase a unos laicos a enjuiciar como adultos las cuestiones religiosas, igual como lo hacían en los estudios y en la vida, donde el espíritu crítico es de ley. Tampoco era habitual que un sacerdote los animase a no depender del clero, y a no tener que ingresar en él o en una orden religiosa para vivir el "don total" del seguimiento. Más bien Portal desaconsejaba este ingreso; lo juzgaba prematuro a su edad, y efecto de una generosidad y de una imitación ambiguas pues ambas solían encubrir un cierto temor ante la complejidad de lo real. La famosa frase del Evangelio "la mies es mucha y los obreros pocos, etcétera" en absoluto significaba, para Portal, una invitación directa a ingresar en un seminario o en un noviciado. Portal pensaba, además, que este compromiso los llevaría a conflictos inútiles, exteriores e interiores; y que los apartaría de vivir en el mundo como uno más, en el "último lugar", lo cual le parecía un punto de partida esencial.

Animado por M. Portal en esta forma laica de vivir el discipulado, Légaut –al igual que otros compañeros suyos– descartó, pues, las formas habituales de plasmar la "vocación" en régimen de cristiandad, y siguió, en cambio, el camino de la ciencia, fruto, sin duda, de una "llamada" interior. Esta integración de la ciencia y de lo espiritual es lo que estos jóvenes supieron ver, entre otros, en el padre Teilhard de Chardin, que ya entonces comenzaba a tener problemas y que habló al grupo varias veces, invitado por M. Portal.

Sin embargo, aún le quedaban a Légaut bastantes etapas para emanciparse interiormente del modelo religioso dominante. Tras la muerte de Portal en 1926, Légaut alternó la enseñanza con la animación de un núcleo reducido de estudiantes célibes, dedicados a la ciencia y a la vida espiritual e intelectual, pero también al liderazgo del grupo amplio de los Tala, en adelante ya sin consiliario. No obstante, en pocos años, este grupo reducido, laico pero en cierto modo aún demasiado "monástico", fue mermando; y Légaut se quedó solo como líder; lo cual le fue haciendo ver lo precario de su situación personal, aún demasiado decidida de antemano por razones sobre todo ideológicas.

Por eso, unos años antes de la IIª Guerra Mundial, Légaut comenzó a orientar su actividad no tanto hacia el grupo amplio, que había crecido y perdido su vigor inicial, sino hacia la escritura. Su idea era, ya entonces, intentar decir, de forma completamente sincera, la vida espiritual tal cual es, al margen de los discursos sobre cómo debería ser. Légaut publicó tres libros en esta dirección, de los que se vendieron varios miles de ejemplares entre 1933 y 1938, antes de que, con la Guerra, se le hiciesen patentes sus todavía graves carencias de carácter y de formación, se sintiese libre respecto de su vida anterior, cambiase de oficio y de vida, y se adentrarse en el espesor de lo real, hasta llegar, al cabo de los años, cosa que entonces ignoraba, al tiempo de una escritura espiritual nueva, despojada ya de la “confitura” de sus primeros textos.

4. Su obra

Marcel Légaut fue autor de un total de veinte libros, la mayoría publicados a partir de 1970. Como ya hemos indicado, su obra mayor, editada en dos tomos en 1970 y 1971, es L'Accomplissement humain(la realización o el cumplimiento humano). Anterior a ésta, un librito seminal había sido Trabajo de la fe (1962). Posteriores a 1971, son: Mutación de la Iglesia y conversión personal (1975), Interioridad y compromiso (1977), Plegarias de hombre (1974, 1978, 1984), Debate sobre la fe y Dos cristianos en camino (1972, 1977), Paciencia y pasión de un creyente (1975, 1990), Llegar a ser uno mismo (1981), Meditación de un cristiano del siglo XX (1983), Un hombre de fe y su Iglesia (1988) y Vida espiritual y modernidad(1992).

Légaut gustaba precisar que él no era ni filósofo ni teólogo ni psicólogo ni pedagogo, ni de formación ni de oficio. En este sentido, sus libros son textos cuya autoridad no procede de un mandato institucional ni de una solvencia socialmente garantizada (mandato o solvencia que suelen justificar separarse del resto y apoyarse en algún claustro o plataforma, académica o de otro tipo). El único título y licencia de Légaut es su tenacidad y su libertad, fruto del «don total» de vivir y de pensar a fondo, a cuerpo gentil, sin cálculos ni autodefensas, inmerso en «las mismas vivas aguas de la vida», tal como dijera Teresa de Ávila. Sus libros no exponen, pues, una nueva doctrina, cuyo mérito sería su adecuación a su tiempo, sino que ofrecen un discurso en el es el sujeto el que, si sigue ese discurso, puede cambiar poco a poco, y modificar así, paulatinamente, su mirada. No diciendo nada nuevo, todo lo renuevan, tal como reconocen sus lectores, que descubren que Légaut expresa lo que ellos, en cierto modo, ya pensaban.

En los dos tomos de El cumplimiento humano, Légaut repiensa su itinerario y el de sus compañeros durante el siglo XX, siglo de grandes convulsiones y mutaciones, incluida la crisis del cristianismo, en el que, como en toda tradición de calado universal, lo mejor y lo peor de los hombres va de la mano. La reflexión de Légaut apunta a que el hombre debe «retomar todo desde la base», y encarar, sin miedo, es decir, con fe, una mutación espiritual. Para retomar así todo desde la base, su reflexión parte de sí mismo y se fija, en el Tomo I, en la fe en sí mismo, en la fe conyugal y paterna, y en la fe en el otro y ante lo real, tanto en situaciones límite (como la propia muerte y la de los más próximos) como en situaciones más normales pero igualmente exigentes (donde se plantea el ser imposible, el amor imposible, o la paternidad o la filiación imposibles), donde, en definitva, siempre todo depende de la actividad de creación. Todo un itinerario de autoconocimiento en la línea de un «socratismo cristiano» o de un «cristianismo socrático». Todo un camino para trascender cualquier adhesión ideológica y descubrir, de forma explícita o no, la fe en Dios (la otra cara de la fe en sí mismo y en el otro), el seguimiento de Jesús, y un estilo de estar y de obrar en el Mundo de forma sutil, a manera de fermento, que incluye un modo adulto de estar en el cristianismo, caso de estar en esta tradición, sobre lo que trata en el Tomo II.

En 1952, Légaut comenzaba uno de sus escritos con estas palabras: «La vida espiritual, como toda vida, aspira a comunicarse: es su instinto profundo. La intensidad de la vida espiritual se mide por la necesidad de comunicación. El más solitario de los hombres, en determinados momentos, se siente impelido a dialogar en su interior con sus conocidos de antaño, con los que un día lo escucharon y le acogieron. Hablar y decirse a sí mismo y a su Dios, y hablar y decirse a otro, son los dos tiempos de la respiración espiritual del hombre». En la última etapa de su vida, Légaut nos ofrece la suma de su meditación, de su testimonio y de su plegaria, fruto de su comunicación interior, consigo mismo, con los otros y con Dios. Muchos le estamos muy agradecidos por haberlo hecho.

Domingo Melero 
(junio 2009)